Más ricos que el más rico
"En 1280 el emperador Abubakari
Keita II de Mali, en África occidental, tuvo su primer hijo. Le puso el
nombre de Musa, que significa Moisés en mandinga, su idioma. Con el paso del
tiempo, el hijo heredó el reino de su padre y se convirtió en Mansa, el “rey de
reyes”, del gran imperio de Mali. Pasó a la historia con el nombre de Mansa
Musa I.
Gracias a las legendarias minas
de oro de Wangara, Mali producía la mitad del oro del mundo.
Aprovechando la inmensa riqueza dorada, el Mansa Musa construyó una capital
nueva, Tombuctú. Llamó a filósofos, matemáticos, artistas y poetas del mundo
musulmán. Contrato a los mejores arquitectos españoles para que construyeran
mezquitas, palacios y una biblioteca colosal, donde guardaba miles de libros y
documentos de gran valor.
Más de 60.000 sirvientes le
preparaban el almuerzo y la cena todos los días, le diseñaban la ropa, le
decoraban los palacios, le construían fuentes de agua, le cuidaban los
jardines, los camellos y los carruajes, le organizaban los viajes, le encendían
el fuego cuando el frio del desierto helaba Tombuctú, y cantaban, bailaban y
tocaban música para amenizar sus veladas en el palacio.
En 1324, Mansa Musa se embarcó en
un extravagante viaje de peregrinaje a la Meca. Acompañado por una caravana de
72.000 personas, todas ellas vestidas con las mejores sedas importadas de
Persia bordadas con oro, tardó dos años en atravesar el desierto del Sáhara,
Egipto y Arabia para llegar a la ciudad que vio nacer a Mahoma. En la comitiva
había 12.000 esclavos cargados con un lingote de dos kilos de oro cada uno y
unos ochenta camellos que transportaban unas diez toneladas de polvo de oro.
Toda aquella riqueza fue regalada a los pobres que fue encontrando en su
camino. Ordenó construir una mezquita cada viernes mientras duró el peregrinaje
para poder rezar por allí donde pasaba. Mansa Musa hizo tal dispendio durante
el viaje que, doce años después de su paso por El Cairo, el poeta egipcio An-Nasir
Muhamad aun escribía con admiración sobre aquella impresionante procesión.
Mansa Musa llegó a ser tan famoso
que, en un atlas realizado por un cartógrafo mallorquín en el año 1375, en la región
de Mali aparece un dibujo del “rey de reyes” con una corona gigante de oro en
la cabeza, un cetro de oro en la mano izquierda y una piedra de oro gigante
en la derecha.
Los historiadores han calculado
que la fortuna de Mansa Musa, convertida en dólares actuales, tendría un valor aproximado
de 400.000 millones. O lo que es lo mismo, si hoy en día estuviera vivo y
tuviera todo el oro que poseía en 1324, sería tres veces más rico que Jeff
Bezos, el hombre más rico en la actualidad. Por esta razón en las listas de
personas ricas de la historia, Mansa Musa figura como el hombre más rio de
todos los tiempos.
Lo que llama la atención de todo
esto es que Musa nunca comió pan con tomate, ni chocolate, ni hamburguesas, ni
perritos calientes, ni helados de vainilla. A pesar de su inmensa riqueza, Mansa
Musa nunca fue al futbol ni al cine. Nunca probó comida japonesa, ni india, ni
mexicana, ni francesa, ni catalana.
Cuando le dolía la cabeza, el “rey
de reyes” no podía tomar una aspirina para aliviar el dolor. Al entrar en su
palacio no podía pulsar un interruptor para encender la luz, ni tirar de una
cadena para limpiar el váter. Cuando cumplió cuarenta años y empezó a perder
visión, tuvo que dejar de leer porque no tenía gafas. El gran emperador no pudo
subirse a un avión que le habría llevado a La Meca en seis horas, y no en dos
años como tardó él con su comitiva. Y cada vez que deseaba enviar mensajes a
sus amigos sultanes y califas de Egipto y Arabia, tenia que despachar emisarios
con camellos que necesitaban meses para llevar un pergamino. No tenia correo
electrónico, ni WhatsApp, ni Twitter, ni Facebook.
El gran Mansa recibía las noticias
a través de emisarios que tardaban meses en llegar a Tombuctú por la sencilla
razón de que no tenía radio, ni tele, ni prensa digital. Y cuando deseaba
informarse sobre cultura, religión, ciencia, historia, matemáticas o medicina,
tenia que recurrir a los libros que había acumulado en su biblioteca. No disponía
de Google ni de Wikipedia, ni de los miles de millones de libros y documentos
que hoy en día están en internet, a los que se puede acceder instantáneamente a
través de un teléfono inteligente como el que lleváis en el bolsillo cualquiera
de vosotros.
La paradoja es que todo lo que no
tenia el hombre supuestamente más rico de la historia lo tenemos al alcance
cada uno de nosotros, los trabajadores de cualquier país medianamente rico. La pregunta
que debemos formularnos es: ¿Cómo hemos conseguido que los ciudadanos normales
de un país normal tengan más cosas que el hombre más rico de todos los tiempos?"
La respuesta a esta pregunta es la
fascinante historia de la riqueza de las naciones.
Lo primero que todos debemos tener
claro es que la riqueza de una nación o de una persona no es la cantidad de dinero
o de oro que tiene, sino la cantidad de cosas de las que puede disfrutar. Claramente,
en el mundo actual la gente que posee mucho dinero puede disponer de muchos bienes
y servicios, ya que solo tiene que ir al mercado y, con este dinero,
comprarlos. Ahora bien, ¿qué ocurriría si una persona tuviera dinero, pero no
hubiera nada que comprar? ¿Creéis que seguiría siendo rica?
Imaginemos que enviamos a Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo actualmente, a una isla desierta con todo su dinero, sus acciones de Amazon, su oro y sus joyas. ¿Creéis que seguiría siendo rico? Al estar solo, con su fortuna no podría comprar nada. Si Jeff tuviera hambre no podría usar su dinero para comprar bistecs. En las islas desiertas no hay carnicerías. Debería pescar para hacerse él mismo la comida y, además, debería hacerlo sin red ni caña de pescar. Del mismo modo, cuando tuviera sed, no podría acercarse al bar a comprar una Coca-Cola, sino que tendría que subirse a las palmeras a recolectar unos cocos. Tampoco podría contratar a ningún arquitecto ni a ninguna empresa constructora para que le hicieran una lujosa casa, sino que debería construir su propia cabaña con los troncos y las hojas de palmera que encontrara en la isla. El montón de billetes acciones y títulos de propiedad que en su país le convierten en el hombre más rico del mundo, en la isla desierta solo le servirían para encender una hoguera con la que protegerse del frio de la noche. De pronto, y a pesar de todo el dinero que tiene, Jeff Bezos pasaría a convertirse en una de las personas más miserables del planeta. ¿Por qué? Pues porque en la isla desierta no hay absolutamente nada que pueda ser comprado con dinero. En cierto modo, es lo que le ocurría a Mansa Musa: tenia oro, pero carecía de todos los productos que hoy en día podemos comprar.
Fragmento extraído del libro de Sala i Martín, Xavier (2016) "Economía en colores"



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